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“Fiesta y pueblo”, eterna espera para saludar a la selección argentina

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“La expectativa es fiesta y pueblo”, dice a la AFP Nicolás Tort, artesano y bailarín de tango que esperó en vano frente al Obelisco de Buenos Aires desde la madrugada para ver pasar a la selección de Lionel Messi y la Copa Mundial ganada en Qatar.

Tort partió junto a cuatro familiares la noche del lunes desde Ayacucho, una ciudad a 350 km de Buenos Aires y arribó a las cinco de la mañana del martes al centro de la capital. Sostiene una bandera hecha a mano en la que se recuerda los tres títulos Mundiales que ganó Argentina (1978, 1986 y 2022).

“Espero que los jugadores pasen por acá y que los saludemos, aunque sea a lo lejos, vinimos a acompañar. Ojalá que nos podamos ir con la anécdota de que los vimos, porque si no será la anécdota furiosa de que no pasaron”, afirmó este hombre de 28 años antes de enterarse que la caravana no terminó su recorrido, imposibilitada de avanzar por la multitud.

Ya temprano, ante un Obelisco desbordado de gente, empezó a circular la versión de que la Albiceleste nunca pasaría por ahí y los hinchas comenzaron a ir hacia la Plaza de Mayo.

Las calles adyacentes se llenaron de un ida y vuelta de hinchas con sus camisetas albicelestes, haciendo sonar cornetas, cantando. Clima de fiesta, en un día de sol abrasador y caluroso en Buenos Aires.

De repente, alguien entonaba el himno nacional y todos seguían. Como una oleada, llegaban a los oídos las estrofas de ‘Muchachos’, la canción que se transformó en un himno de los argentinos en Qatar.

– Espera sin fin –

“Acá nos quedamos. Están lejos, pero si esperamos 36 años para volver a ganar la Copa podemos aguantar las horas que haga falta para verlos”, dijo Cecilia Mateo, que llegó a la Plaza de Mayo con su esposo y sus hijas de 11 y 13 años desde Florencio Varela, en la periferia sur.

La ilusión era que salieran a saludar desde el balcón de la Casa Rosada, que da a la Plaza de Mayo, como lo hizo el legendario Diego Maradona y su Albiceleste para celebrar el título de México 1986, y el subcampeonato de Italia-1990. Antes, lo habían hecho los campeones de 1978, en tiempos de dictadura.

Pero el balcón embanderado, ubicado cerca del mítico utilizado por Juan y Eva Perón para saludar a su pueblo, esperó en vano la llegada de los jugadores. “Gracias Campeones”, se leía en un enorme cartel.

“Un poco de decepción da, pero no opaca la alegría, la felicidad que tenemos por la Copa” dijo a la AFP Román García, empleado administrativo de 38 años.

Cuando ya habían pasado más de cuatro horas de recorrida y el autobús estaba lejos del centro de Buenos Aires, en medio de un aluvión de personas, se decidió interrumpir la caravana y llevar a los jugadores en helicópteros de regreso al predio de la Asociación de Fútbol Argentino (AFA) en Ezeiza, periferia sur.

Solo Messi, el DT Lionel Scaloni y la Copa a bordo, sobrevolaron el recorrido de hinchas hacia la Casa Rosada.

Miles de personas que circulaban por el centro corrieron hacia la Casa Rosada con la ilusión de que desciendan, pero sólo los vieron pasar raudamente por el aire, sin seguridad de que fueran ellos.

Tras la espera infructuosa y la confirmación que no habría saludo en el balcón de la Casa Rosada, la Plaza de Mayo y el centro de la ciudad se fue vaciando, muy lentamente, en calma, como queriendo hacer durar la celebración y sin resignarse del todo.

– “Contentos igual” –

La gente seguía cantando, alentando a la Selección sin cesar.

“Estamos igual contentos, por la gente y por todo, pero un poco de pena da”, afirmó Jorge Ortalli, de 52 años, que se acercó a la Plaza con su hijo porque “si pasan otros 36 años hasta el próximo campeonato, tendré 88 años y no podré verlos, así pasen delante de mí”, dijo con humor.

Kioscos de diarios, paradas de autobuses, alumbrado público, todo servía para que la gente se trepe para tratar de ver a la ‘Scaloneta’, el equipo de Scaloni.

Niños y grandes con sus copas doradas de cotillón paraban a sacarse fotos delante de un auto pintado de celeste y blanco con la leyenda “Bobo, andá pa’ llá”, que lanzó Messi a un jugador neerlandés después del 2-2 (4-2 en los penales) de cuartos de final del Mundial.

El dueño es Walter Gamero, de 67 años. “Hace una semana que lo pintamos. Fue un éxito”, dijo a la AFP este hombre que vivió las tres copas del mundo, Argentina-1978, México-1986 y esta de Qatar. “Espero poder verlo a Messi por un Mundial más, pido eso, uno más, nada más”·

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